Amanda Peterson, la princesa sin cuento de hadas

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El 3 de julio de 2015, moría en Greeley, Colorado, la actriz estadounidense Amanda Peterson, las montañas nevadas de la zona ya la habían visto nacer 44 años antes. Últimamente no he dejado de escuchar la palabra devastado, así afirmaba sentirse Madonna tras las repentinas y cercanas muertes de dos de los artistas más influyentes de la música. Me refiero obviamente a Prince y David Bowie. Consternado y devastado también llevó sintiéndome yo desde que me entere, con un efecto tristemente retardado, de la muerte de mi actriz predilecta de la juventud. Amanda Peterson reunía todos los requisitos de la época para ser la novia de América, un rostro angelical, con ciertas pinceladas de picardía acordes a la doble moral americana, un cabello rubio, largo y lacio y una actitud innata para destacar cual “Jefa de Animadoras” de un instituto del sur de California. En una década plagada de jóvenes exploradores que soñábamos con recibir a ET en nuestras casas o ser Goonies durante los meses de verano con nuestras bicicletas, en mi caso por mi pueblo conquense, Amanda era la novia perfecta, la mejor amiga, la guapa de la clase, la chica que molaba. Las aves de rapiña en forma de representantes del mundo del celuloide, no tardaron en darse cuenta de la luz que desprendía esta princesa de las montañas de Colorado. Con nueve años ya hacia su debut en la película musical “Annie”. En 1986, la joven Amanda ya era un rostro familiar y querido en todos los hogares Americanos, por su participación en la exitosa serie de televisión “Un año en la vida”.

Yo la conocí como Cindy Mancini, en una época en la que mi rostro preadolescente, comenzaba a plagarse de granitos y en la que a mis dientes les habían adherido unos hierros incomodísimos que posteriormente, se demostró que no consiguieron juntar mis incisivos centrales. En mi clasista colegio yo nunca hubiera sido muy amigo de la guapa Mancini, yo estaba en el grupo de los cutres, así se denominaba en la película “No puedes comprar mi amor”, a los que no eran estrellas del rugby o animadoras. El hilo argumental de esta película era algo necio pero recurrente en muchos largometrajes adolescentes. Los populares de la clase, los cutres, los empollones, pero tenía algo que enganchaba, algo que hacía que no te cansaras de verla, estaba Cindy, estaba Amanda. Y entonces el joven albaceteño de pantalones Lewis, en vez de Levis, se quedó prendado de la “Jefa de Animadoras”.

A finales de los ochenta y principios de los noventa, la Peterson estaba de moda, sus americanas con hombreras, su corte de pelo, su maquillaje era imitado por cientos de jóvenes de todo el mundo, todos los chicos querían tenerla como novia. Creo que ese fue el momento en el que la princesa de un cuento de hadas se adentró, sin darse cuenta, en un bosque fangoso y lúgubre desde el que no se veían los carteles luminosos de Broodway, ni las marquesinas que anuncian las grandes películas en Los Ángeles. La hipocresía y oportunismo de los productores y representantes del mundo del cine optaron por no oír gritar a la princesa. Para ellos había perdido su corona, y cruelmente acechaban encumbrar una nueva.

Me niego a pensar que la estrella de Amanda fue fugaz, los años posteriores a su luz más brillante fueron a mi parecer una búsqueda incesante de encontrarse a si misma, de recuperar la inocencia perdida. Las imágenes que llegaron de ella son de innumerables fichas policiales tras ser arrestada por conducir bajo la influencia y posesión de drogas. Lo que derivó en su ingreso en prisión, por cerca de dos meses en el 2005. Odio la expresión “Juguete Roto”, pero es lo que hicieron con ella la industria del cine, la olvidaron. Cuantas veces se repite esta historia.

Parafraseando a uno de mis poetas preferidos, Miguel Hernández, y extrayendo una estrofa de su Elegía a Ramón Sijé solo siento decir: “Temprano levantó la muerte el vuelo, temprano madrugó la madrugada, temprano estás rodando por el suelo”. La princesa de carne y hueso encontró la paz y no hace falta que el cielo este muy despejado para ver brillar un estrella de manera incesante y única, porque para mucha gente tu halo de luz hace tiempo que se hizo inmortal, hasta siempre preciosa Mandy.

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